La vasija

 

Ilustración a cargo de Abraham Ponce.

Después de dar tanto, de dar hasta que duele, generalmente sólo queda un corazón cansado de dar y ofrendar; un corazón seco, una vasija vacía que en cualquier momento puede resquebrajarse si no recibe un poco de calor que disipe el frío que lo marchita, una esperanza de que alguien lo acoja y lo cuide, lo proteja, lo cure y lo renueve.

Tomé su corazón la noche que las estrellas cayeron, esa noche en la que parecía que todo acabaría y los que habitábamos las aguas de la tristeza tratábamos de asirnos a alguna nueva ilusión para no quedar sepultados en el olvido. Ella lo arrojó casi sin pensarlo, movida por el deseo de volver a sentir, de volver a creer, de poder tener algún nuevo sueño que pudiera dilatar sus pupilas con nuevas y enriquecedoras sensaciones.

No fue fácil quedarme con él. Por un momento, el dragón que devora sueños estuvo a punto de arrebatármelo. Él no sabía que sólo era una vasija vacía, sólo obedecía al hambre de ilusiones que trataba de saciar con cualquier objeto que tuviera enfrente. Aun así trató con todas sus fuerzas de quitármelo con sus garras que brillan y cortan con cada destello de luna que se cuela al fondo del estanque, pero mis ansias por salir del letargo fueron más fuertes que su determinación. Al tener el corazón entre mis manos entendí que yo era el único que podía llenarlo, aun a costa de vaciar mi propia vasija.

El inicio

e.M.a se hizo cargo de la ilustración

La primera vez que te vi estabas en el andén de enfrente. Me llamó la atención que a esas horas de la mañana ya estuvieras empapada; seguramente por las prisas habías olvidado el paraguas y la lluvia te había tomado por sorpresa. Tu cabello rojo estaba enmarañado y el maquillaje de tus ojos se había corrido, era como si hubieras llorado toda la noche y no te diera vergüenza ocultarlo. Esa mañana una avería en el coche me había obligado a tomar el metro y, aunque estaba retrasado, dejé pasar cuatro trenes sólo para seguirte mirando.

A partir de ese día cambié mi ruta, dejé el coche en casa y tomé el mismo tren que abordabas todas las mañanas aunque me llevara en dirección contraria. No me importaba regresarme 5 estaciones, estar cerca de ti lo valía. En un principio sólo me paraba a tu lado imaginando tu sonrisa, oliendo tu cabello, buscando tu mirada, pensando cómo sería tu vida sin tener el valor de abordarte. No quería que pensaras que era una especie de acosador o de perturbado, sólo quería conocerte pero no encontraba la manera.

Aquel día te busqué sin encontrarte, así que tomé el tren que me llevaba a mi destino. Sumido en mis pensamientos me quité el guante para poderme agarrar bien al tubo y entonces la sentí: una caricia suave, casi imperceptible recorriendo mis dedos. Al voltear el rostro te descubrí a mi lado sonriéndome. ¿Quién diría que esa caricia sería el inicio de todo?

El delineador

Reveladora ilustración a cargo de Ixchel Estrada.

Si bien el maquillarse constituía todo un ritual, delinearse los ojos tenía un valor especial. Era aquel punto en donde sus dos vidas dejaban de ser veredas separadas para unirse en un solo camino. Tenía especial cuidado de utilizar un lápiz que sirviera tanto para hacer complicadas ecuaciones como para remarcar de manera provocadora el azul profundo de sus ojos.

Pensaba a menudo en esta bifurcación de realidades. Muchas veces al ser penetrada con violencia y desesperación venía a su mente la solución a ese problema matemático que tenía días sin resolver. A veces llegaba en medio de un orgasmo. En esos momentos se abandonaba a sí misma en el éxtasis no del placer corporal, sino de haber encontrado esa escurridiza respuesta.

No le sucedía con todos los clientes, sólo con aquellos que la trataban con cuidado o que tenían cierta fijación con su cuerpo. Recordaba la ocasión en la que un cliente había eyaculado en sus pies porque en ese instante su mente, como por arte de magia, comprendió de manera precisa lo que había escuchado de su profesor unas horas antes. Justificaba el hecho de ser una puta fina con el argumento de que eso pagaba sus estudios, el alquiler y la comida pero, siendo francos, disfrutaba estudiar para un examen de estadística tanto como sentir entre sus labios la eyaculación espesa y viscosa del cliente en turno.

Descubría tantas cosas de sí misma en las matemáticas como cuando abría las piernas por dinero, así que no veía ninguna razón de peso para renunciar.