Esperando

Blanca Macías esperó y puso ilustración al texto

La pregunta es si te estoy esperando. Para cuestiones superficiales y siendo práctico, hace rato que me hubiese marchado. Hay tiempo que es impagable y realmente sería un pecado estarlo desperdiciando. Aunque siendo honesto, poseo un doctorado en eso. Al considerarlo un recurso inagotable, no me detengo a atesorarlo como se debe. Tengo la falsa y muy firme creencia de que siempre tendré tiempo para todo.

Espero porque esto no es cualquier cosa. No es como antaño que creía en un dogma sin sentido y desprovisto de toda verdad, un dogma carente de amor y rebosante de dolor. Estaba basado en la perfecta estructura de la mentira y el engaño, en el sutil arte del desprecio y la codicia, estaba maldecido por Lucifer y como trinidad satánica tenía al orgullo, la soberbia y la humillación.

Espero, porque sé que nada puede ser peor que aquello, porque en ese entonces tenía el alma secuestrada y la vida empeñada, los sueños guardados y el deseo inexistente. Caminaba por una senda marcada por la crueldad, una senda que había recorrido ya muchas veces y que me negaba a abandonar por desidia, por miedo, por autocompasión y por cobardía.

Espero porque quiero conocer de nuevo la esperanza, porque ya no hay nada que perder cuando se ha perdido hasta la dignidad. Espero porque merezco un tiempo nuevo, un horizonte distinto, porque ahora entiendo que para amar no hay que destruir, porque he visto en tus ojos el mismo dolor que me consumía, porque conozco el camino que has recorrido y sé que sólo has encontrado soledad y desilusión. Espero porque quiero, porque al final esta espera debe valer para algo, y quiero ver para qué.

Lluvia en el mar

La talentosísima Mariana Gallegos puso la ilustración

Aun sin querer te recuerdo. Tu imagen asalta mi memoria en los momentos menos pensados: en el primer café de la mañana tu rostro se aparece de repente en las burbujas que van quedando después de agitarlo; o cuando salgo a correr y bebo de mi agua, ahí está tu sonrisa en el fondo de la botella, burlándose de mi pésima condición física.

En las tardes de lluvia es inevitable pensar en ti. Se me ha hecho costumbre buscar tu mirada en las gotas que se van quedando en el cristal, busco en las nubes alguna señal que me diga que estás arriba, observándome, vigilándome, cuidándome.

Lo que más duele es no haber tenido el tiempo de despedirme, todo sucedió en apenas un parpadeo. Cuando sonó el teléfono sabía que era para avisarme que te habías marchado, que habías partido a ese lugar sin nombre y sin punto fijo en el mapa, a ese lugar donde no te podía seguir para pedirte perdón por todas las estupideces hechas en tu enfermedad. El sonido del timbre me cortó la respiración y las lágrimas que durante meses había contenido brotaron de repente nublando la realidad.

Hay huecos en la memoria, hoyos que la culpa va cavando para no acrecentar el dolor ni la pena, para no hacer más grande tu ausencia. Pero sé que aunque no lo acepte o no lo quiera ver, algo de ti sigue aquí: lo veo en el café, en la lluvia, o incluso en la espuma del mar. Esas pequeñas gotas están rellenas de algo más que aire, están rellenas de ti y de la promesa de algún día, lejos de aquí, volver a verte.

Partículas de ausencias

Ixchel Estrada ilustra este particular texto

En realidad, eso que llamamos vacío no existe. Todo se encuentra invadido por pequeñas partículas como protones, neutrones, electrones, bosones de Higss y una infinidad de pedacería molecular que aún no conocemos y que quizás nunca lleguemos a conocer.

Es increíble que esa polvadera microscópica forme lo que conocemos, desde la más pequeña mota de polvo hasta todo lo insondable que seguramente habita en los abismos submarinos. Podemos decir en términos generales que somos iguales a todos y a todo; quizás sea esta la principal premisa a la que hacen referencia la mayoría de las religiones cuando dicen que Dios habita cada resquicio de la existencia y de lo que existe, quizás el verdadero Dios sean todas estas partículas que jamás veremos pero que sabemos que están ahí. El creer en algo que no podemos ver pero que intuimos que ahí está es el mayor acto de fe del que es capaz el ser humano.

Partiendo de esto, llego a la conclusión de que realmente no te has ido, porque has dejado tus partículas impregnadas en cada objeto que tocaste. Después de mucho pensarlo me doy cuenta que no te extraño, porque aunque hayas dicho que no tenemos nada en común descubro que realmente somos iguales porque estamos hechos de la misma materia.

Quisiera ser por momentos un hoyo negro, entonces sentiría tu vacío en todo su esplendor y tendría motivos para llorar tu ausencia. Pudiera lamentarme y reprocharme por la estupidez que hizo que te marcharas. Entre eso y saber que todo este espacio lo llenas sin estar, prefiero la certeza de saberte ausente.

Horror Vacui

Bonita ilustración de Ros, chula chula

Dinorah dejó el té en la mesita de noche y acarició nuevamente la foto de su padre. Ella aparecía al lado de él, cargando la única muñeca que le había regalado; tenía 5 años y esa fue una de las cinco únicas ocasiones que lo vio. Desde que tenía uso de conciencia siempre habían sido sólo ella y su madre, así lo recordaba desde que tenía uso de razón, y la razón le llegó a eso de los tres años.

Esta ausencia había hecho mella aunque no le gustaba reconocerlo. Siempre se había sentido como apestada ante sus compañeras de escuela. Era como si el divorcio de sus padres fuese una enfermedad contagiosa y sus “amigas” temieran infectarse. Su vida se empezó a llenar de momentos de soledad, porque todas las chicas en el colegio le rehuían y en casa generalmente estaba sola.

Al morir su madre, se dio cuenta de que su existencia se había convertido en un gran vacío, y este vacío se apoyaba en tres grandes pilares: el de sus padres, el de un hermano que siempre deseó y jamás llegó, el de una familia que la acogiera y estuviera con ella en los momentos más ríspidos. Llevaba una existencia solitaria no porque le gustara, sino porque no conocía otra manera de vivir.

Los contornos de la foto poco a poco iban desapareciendo. Ya no soportaba este espanto de vivir una vida vacía de todo y llena de nada. Muy pronto dormiría y quizás despertaría en algún lugar donde nada le faltara.

         

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Niño Santo

Una bonita ilustración de DelReal acompaña este texto.

Cuando lo sentí fue como si el mundo se ralentizara a mi alrededor. Todo se movía tan lento que las imágenes parecían congeladas, atrapadas en instantes en los que miles de sentimientos y sensaciones bailaban por toda la atmósfera abriendo infinitas posibilidades, destellos de otros universos.

Tomó el control por completo. Primero vi que instauró su régimen por un tiempo indefinido, un tiempo sin tiempo en el que nada parecía ceñirse a las normas que conocemos como realidad. Mi mirada se perdió apenas probar el primer trozo, ácido, de textura rugosa, mágico. Una espiral de colores imposibles se abrió ante mis ojos y sentí que me tiraba del cabello para meterme de lleno en ese vórtice imposible en donde mi cuerpo se fragmentó partícula a partícula para viajar a aquellos lugares que nadie jamás había visitado o conocido, lugares que sólo habitaban en mi mente, en mis realidades creadas en horas de soledad y tristeza.

Alcé la mirada y vi cómo su pequeña sombra se proyectaba en el pavimento inundado de reflejos lunares. El Niño Santo conducía mi cuerpo, mi mente, mi espíritu. Mi voluntad no me pertenecía más. Ahora sólo importaba lo que él decidiera y había decidido arriesgarse, ir más allá, abrir las cuerdas del tiempo y enseñarme el porvenir. Abstraído, únicamente podía dejarme llevar. Vi cómo mi vida terminaba y comenzaba de nuevo en infinitos bucles, bucles que se entrelazaban con otros universos, bucles que terminaban demasiado pronto o muy tarde.

Al despertar vi el cielo estrellado en el desierto y el último trozo que me había dejado el chamán. Pequeño, menudo, casi insignificante, pero con el poder suficiente para hacer regresar al Niño Santo.