Como cada mañana

copm_tpDon Ajo Kano me ilustró este lascivo texto

Hoy el sabor era profundamente ácido. Mis papilas gustativas se inflamaron al percibirlo, queriendo atrapar cada una de las partículas que componían esa sensación, para desmenuzar todos los elementos hasta llegar al origen del sabor. Mi lengua se ayudaba de mi nariz para complementar la experiencia.

Fue como si un rayo golpeara justo en el centro de mi frente y bajara por toda mi médula espinal. El fluido era más espeso y no tan dulce como en días anteriores. Lamí todo lo que pude —primero lentamente—, estableciendo un ritmo, un patrón, degustando el líquido que poco a poco se iba haciendo más abundante y espeso. El olor empezó a ser también más penetrante, despertando las sensaciones dentro de mí que aún se encontraban aletargadas.

No me concentraba en un solo punto. Lamía por momentos tus ingles para bajar lentamente hacia tus labios, rematando en el clítoris. Metía y sacaba la lengua de tu vagina delicadamente. Después de unos minutos despertaste a medias y sentí tu mano posarse en mi cabeza, atrayéndome todavía más. Dejaste escapar un suspiro y vi cómo te mordías los labios con los ojos aún cerrados. Esa era la señal para intensificar el ritmo, para no detenerme. Me concentré en tu clítoris, chupándolo y lamiéndolo. Apretaste mi cabeza entre tus piernas y eyaculaste en mi cara, empapando mis labios y barbilla.

“Buenos días, hermanito”, me dijiste con esa sonrisa de complicidad que sólo yo conozco.

Cena en familia

20-CM-venenoChiquita Milagro ilustró mi texto, y lo hizo retebien

Tenía el frasco guardado en el bote de harina, así evitaba perderlo y de paso estaba bien resguardado en caso de una revisión inoportuna. Se lo había dado su amigo el boticario, uno de los pocos que quedaban en el pueblo. En un principio él mismo no estaba de acuerdo con la idea, pero después de mucho analizarlo sabía que no había otra opción: Carolina era su amiga desde la infancia y haría cualquier cosa por ayudarla, por protegerla, por hacer que no se fuera.

Su madre había muerto un mes atrás de un infarto al miocardio. “Fulminante”, había dicho el médico. Su padre le siguió dos semanas después debido a la tristeza de haber perdido a su compañera de toda la vida. Sin sus padres la hacienda parecía un museo donde sus almas penaban sin poder hallar descanso y los cafetales también empezaban a morir sin su estricta supervisión.

Tenía que darse prisa, sus hermanos llegarían por la tarde con el posible comprador de la hacienda. Cabrones, se habían largado años atrás sin importarles el negocio familiar, ni siquiera habían acudido a los funerales y habían decidido su futuro sin hablarlo con Carolina. La hacienda y los cafetales se venderían y a ella le darían la parte que le corresponde para iniciar una nueva vida en otro lugar.

No podían arrancarle así su vida, la única que conocía. Para ella jamás fue una carga cuidar de sus padres ni de la hacienda sino todo lo contrario, y ahora estos cuervos malagradecidos vendían al mejor postor toda la vida y el legado de su familia. No lo permitiría.

Un par de gotas de veneno eran suficientes para detener para siempre el latido del corazón. Sus hermanos sufrirían un terrible accidente camino a la hacienda (es bien sabido que los caminos de la sierra siempre son peligrosos y traicioneros). Estaba ansiosa, tendrían una cena familiar espléndida.

Esperando

Blanca Macías esperó y puso ilustración al texto

La pregunta es si te estoy esperando. Para cuestiones superficiales y siendo práctico, hace rato que me hubiese marchado. Hay tiempo que es impagable y realmente sería un pecado estarlo desperdiciando. Aunque siendo honesto, poseo un doctorado en eso. Al considerarlo un recurso inagotable, no me detengo a atesorarlo como se debe. Tengo la falsa y muy firme creencia de que siempre tendré tiempo para todo.

Espero porque esto no es cualquier cosa. No es como antaño que creía en un dogma sin sentido y desprovisto de toda verdad, un dogma carente de amor y rebosante de dolor. Estaba basado en la perfecta estructura de la mentira y el engaño, en el sutil arte del desprecio y la codicia, estaba maldecido por Lucifer y como trinidad satánica tenía al orgullo, la soberbia y la humillación.

Espero, porque sé que nada puede ser peor que aquello, porque en ese entonces tenía el alma secuestrada y la vida empeñada, los sueños guardados y el deseo inexistente. Caminaba por una senda marcada por la crueldad, una senda que había recorrido ya muchas veces y que me negaba a abandonar por desidia, por miedo, por autocompasión y por cobardía.

Espero porque quiero conocer de nuevo la esperanza, porque ya no hay nada que perder cuando se ha perdido hasta la dignidad. Espero porque merezco un tiempo nuevo, un horizonte distinto, porque ahora entiendo que para amar no hay que destruir, porque he visto en tus ojos el mismo dolor que me consumía, porque conozco el camino que has recorrido y sé que sólo has encontrado soledad y desilusión. Espero porque quiero, porque al final esta espera debe valer para algo, y quiero ver para qué.

Partículas de ausencias

Ixchel Estrada ilustra este particular texto

En realidad, eso que llamamos vacío no existe. Todo se encuentra invadido por pequeñas partículas como protones, neutrones, electrones, bosones de Higss y una infinidad de pedacería molecular que aún no conocemos y que quizás nunca lleguemos a conocer.

Es increíble que esa polvadera microscópica forme lo que conocemos, desde la más pequeña mota de polvo hasta todo lo insondable que seguramente habita en los abismos submarinos. Podemos decir en términos generales que somos iguales a todos y a todo; quizás sea esta la principal premisa a la que hacen referencia la mayoría de las religiones cuando dicen que Dios habita cada resquicio de la existencia y de lo que existe, quizás el verdadero Dios sean todas estas partículas que jamás veremos pero que sabemos que están ahí. El creer en algo que no podemos ver pero que intuimos que ahí está es el mayor acto de fe del que es capaz el ser humano.

Partiendo de esto, llego a la conclusión de que realmente no te has ido, porque has dejado tus partículas impregnadas en cada objeto que tocaste. Después de mucho pensarlo me doy cuenta que no te extraño, porque aunque hayas dicho que no tenemos nada en común descubro que realmente somos iguales porque estamos hechos de la misma materia.

Quisiera ser por momentos un hoyo negro, entonces sentiría tu vacío en todo su esplendor y tendría motivos para llorar tu ausencia. Pudiera lamentarme y reprocharme por la estupidez que hizo que te marcharas. Entre eso y saber que todo este espacio lo llenas sin estar, prefiero la certeza de saberte ausente.

Horror Vacui

Bonita ilustración de Ros, chula chula

Dinorah dejó el té en la mesita de noche y acarició nuevamente la foto de su padre. Ella aparecía al lado de él, cargando la única muñeca que le había regalado; tenía 5 años y esa fue una de las cinco únicas ocasiones que lo vio. Desde que tenía uso de conciencia siempre habían sido sólo ella y su madre, así lo recordaba desde que tenía uso de razón, y la razón le llegó a eso de los tres años.

Esta ausencia había hecho mella aunque no le gustaba reconocerlo. Siempre se había sentido como apestada ante sus compañeras de escuela. Era como si el divorcio de sus padres fuese una enfermedad contagiosa y sus “amigas” temieran infectarse. Su vida se empezó a llenar de momentos de soledad, porque todas las chicas en el colegio le rehuían y en casa generalmente estaba sola.

Al morir su madre, se dio cuenta de que su existencia se había convertido en un gran vacío, y este vacío se apoyaba en tres grandes pilares: el de sus padres, el de un hermano que siempre deseó y jamás llegó, el de una familia que la acogiera y estuviera con ella en los momentos más ríspidos. Llevaba una existencia solitaria no porque le gustara, sino porque no conocía otra manera de vivir.

Los contornos de la foto poco a poco iban desapareciendo. Ya no soportaba este espanto de vivir una vida vacía de todo y llena de nada. Muy pronto dormiría y quizás despertaría en algún lugar donde nada le faltara.

         

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Niño Santo

Una bonita ilustración de DelReal acompaña este texto.

Cuando lo sentí fue como si el mundo se ralentizara a mi alrededor. Todo se movía tan lento que las imágenes parecían congeladas, atrapadas en instantes en los que miles de sentimientos y sensaciones bailaban por toda la atmósfera abriendo infinitas posibilidades, destellos de otros universos.

Tomó el control por completo. Primero vi que instauró su régimen por un tiempo indefinido, un tiempo sin tiempo en el que nada parecía ceñirse a las normas que conocemos como realidad. Mi mirada se perdió apenas probar el primer trozo, ácido, de textura rugosa, mágico. Una espiral de colores imposibles se abrió ante mis ojos y sentí que me tiraba del cabello para meterme de lleno en ese vórtice imposible en donde mi cuerpo se fragmentó partícula a partícula para viajar a aquellos lugares que nadie jamás había visitado o conocido, lugares que sólo habitaban en mi mente, en mis realidades creadas en horas de soledad y tristeza.

Alcé la mirada y vi cómo su pequeña sombra se proyectaba en el pavimento inundado de reflejos lunares. El Niño Santo conducía mi cuerpo, mi mente, mi espíritu. Mi voluntad no me pertenecía más. Ahora sólo importaba lo que él decidiera y había decidido arriesgarse, ir más allá, abrir las cuerdas del tiempo y enseñarme el porvenir. Abstraído, únicamente podía dejarme llevar. Vi cómo mi vida terminaba y comenzaba de nuevo en infinitos bucles, bucles que se entrelazaban con otros universos, bucles que terminaban demasiado pronto o muy tarde.

Al despertar vi el cielo estrellado en el desierto y el último trozo que me había dejado el chamán. Pequeño, menudo, casi insignificante, pero con el poder suficiente para hacer regresar al Niño Santo.

La vasija

 

Ilustración a cargo de Abraham Ponce.

Después de dar tanto, de dar hasta que duele, generalmente sólo queda un corazón cansado de dar y ofrendar; un corazón seco, una vasija vacía que en cualquier momento puede resquebrajarse si no recibe un poco de calor que disipe el frío que lo marchita, una esperanza de que alguien lo acoja y lo cuide, lo proteja, lo cure y lo renueve.

Tomé su corazón la noche que las estrellas cayeron, esa noche en la que parecía que todo acabaría y los que habitábamos las aguas de la tristeza tratábamos de asirnos a alguna nueva ilusión para no quedar sepultados en el olvido. Ella lo arrojó casi sin pensarlo, movida por el deseo de volver a sentir, de volver a creer, de poder tener algún nuevo sueño que pudiera dilatar sus pupilas con nuevas y enriquecedoras sensaciones.

No fue fácil quedarme con él. Por un momento, el dragón que devora sueños estuvo a punto de arrebatármelo. Él no sabía que sólo era una vasija vacía, sólo obedecía al hambre de ilusiones que trataba de saciar con cualquier objeto que tuviera enfrente. Aun así trató con todas sus fuerzas de quitármelo con sus garras que brillan y cortan con cada destello de luna que se cuela al fondo del estanque, pero mis ansias por salir del letargo fueron más fuertes que su determinación. Al tener el corazón entre mis manos entendí que yo era el único que podía llenarlo, aun a costa de vaciar mi propia vasija.

El inicio

e.M.a se hizo cargo de la ilustración

La primera vez que te vi estabas en el andén de enfrente. Me llamó la atención que a esas horas de la mañana ya estuvieras empapada; seguramente por las prisas habías olvidado el paraguas y la lluvia te había tomado por sorpresa. Tu cabello rojo estaba enmarañado y el maquillaje de tus ojos se había corrido, era como si hubieras llorado toda la noche y no te diera vergüenza ocultarlo. Esa mañana una avería en el coche me había obligado a tomar el metro y, aunque estaba retrasado, dejé pasar cuatro trenes sólo para seguirte mirando.

A partir de ese día cambié mi ruta, dejé el coche en casa y tomé el mismo tren que abordabas todas las mañanas aunque me llevara en dirección contraria. No me importaba regresarme 5 estaciones, estar cerca de ti lo valía. En un principio sólo me paraba a tu lado imaginando tu sonrisa, oliendo tu cabello, buscando tu mirada, pensando cómo sería tu vida sin tener el valor de abordarte. No quería que pensaras que era una especie de acosador o de perturbado, sólo quería conocerte pero no encontraba la manera.

Aquel día te busqué sin encontrarte, así que tomé el tren que me llevaba a mi destino. Sumido en mis pensamientos me quité el guante para poderme agarrar bien al tubo y entonces la sentí: una caricia suave, casi imperceptible recorriendo mis dedos. Al voltear el rostro te descubrí a mi lado sonriéndome. ¿Quién diría que esa caricia sería el inicio de todo?

El delineador

Reveladora ilustración a cargo de Ixchel Estrada.

Si bien el maquillarse constituía todo un ritual, delinearse los ojos tenía un valor especial. Era aquel punto en donde sus dos vidas dejaban de ser veredas separadas para unirse en un solo camino. Tenía especial cuidado de utilizar un lápiz que sirviera tanto para hacer complicadas ecuaciones como para remarcar de manera provocadora el azul profundo de sus ojos.

Pensaba a menudo en esta bifurcación de realidades. Muchas veces al ser penetrada con violencia y desesperación venía a su mente la solución a ese problema matemático que tenía días sin resolver. A veces llegaba en medio de un orgasmo. En esos momentos se abandonaba a sí misma en el éxtasis no del placer corporal, sino de haber encontrado esa escurridiza respuesta.

No le sucedía con todos los clientes, sólo con aquellos que la trataban con cuidado o que tenían cierta fijación con su cuerpo. Recordaba la ocasión en la que un cliente había eyaculado en sus pies porque en ese instante su mente, como por arte de magia, comprendió de manera precisa lo que había escuchado de su profesor unas horas antes. Justificaba el hecho de ser una puta fina con el argumento de que eso pagaba sus estudios, el alquiler y la comida pero, siendo francos, disfrutaba estudiar para un examen de estadística tanto como sentir entre sus labios la eyaculación espesa y viscosa del cliente en turno.

Descubría tantas cosas de sí misma en las matemáticas como cuando abría las piernas por dinero, así que no veía ninguna razón de peso para renunciar.

Carne de mi carne

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Brutal y hermosa ilustración de Yelikat

Tenía los labios resecos debido a la deshidratación. Hacía ya tres días que no bebía una gota de agua y tres semanas sin probar alimento. Se sentía débil, con las extremidades agarrotadas por tenerlas durante tantas horas en la misma posición. Abrazaba el pequeño cuerpo negándose a soltarlo. Creía que, si lo sostenía con todas sus fuerzas, lograría devolverle el aliento vital que hacía días había abandonado el cuerpo de su hijo. Sigue leyendo